Por Jazmín Aguilar Ortiz, psicóloga y candidata a Senadora por la Región de Valparaíso
La Ley TEA fue un paso importante. Por primera vez, el Estado reconoció los derechos de las personas autistas y de sus familias. Pero ese avance, aunque necesario, no basta. Porque cuando una ley no viene acompañada de recursos, equipos y formación, termina siendo una promesa vacía para quienes más la necesitan.
En la educación, por ejemplo, miles de profesores enfrentan a diario el desafío de acompañar a estudiantes neurodivergentes sin tener formación especializada ni apoyo técnico. Los programas PIE que deberían brindar apoyo inclusivo no dan abasto: un mismo profesional debe atender decenas de casos, de distintas condiciones, con pocos recursos y bajo una sobrecarga enorme. Así, la inclusión se vuelve un ideal más que una realidad.
En salud, las familias siguen esperando meses o años por un diagnóstico, pagando terapias privadas que muchas veces son impagables. En lo laboral, aún no existen incentivos ni adaptaciones que permitan que las personas neurodivergentes desarrollen su talento en condiciones justas. Y en lo social, las redes de apoyo son frágiles o inexistentes: madres, padres y cuidadores cargan con el peso emocional y económico sin acompañamiento estatal.
Por eso, es momento de avanzar hacia una Ley Neurodivergente: una norma integral, con presupuesto y enfoque transversal. Una ley que abrace todas las condiciones autismo, TDAH, dislexia, Tourette, altas capacidades, dispráxia, entre otras y que establezca acciones concretas en educación, salud, trabajo y apoyo familiar.
Una ley con recursos para contratar profesionales especializados en cada escuela. Una ley que garantice terapias y diagnósticos gratuitos en el sistema público. Una ley que promueva inclusión laboral real, adaptaciones, acompañamiento a cuidadores y campañas permanentes de sensibilización.
Porque la inclusión no puede seguir dependiendo del amor de una madre o del esfuerzo de un profesor, sino del compromiso del Estado.
Chile necesita una política pública que deje de mirar solo una parte del espectro y reconozca la diversidad de nuestras mentes. Una ley que hable de neurodivergencias, no de etiquetas; de derechos, no de caridad.
Avanzar hacia una Ley Neurodivergente es avanzar hacia una sociedad más justa, más empática y más humana.



